viernes, 26 de octubre de 2007

Joserra

La historia de la crónica deportiva en México ha tenido diversas facetas. Muchas de ellas vinculadas a cotos inasequibles del poder de la comunicación en nuestro país. A partir de los años setentas, y con el surgimiento de la televisión oficial que pretendía, al amparo de una crítica marginal, contrarrestar los alcances de Televisa, comenzaron a surgir otros intérpretes de la realidad deportiva en México. Fue en esa época cuando, escoltado por exfutbolistas como Carlos Albert y Raúl Orvañanos, así como por comunicadores netos como Alejandro Lara Licea o Alberto Fabris, José Ramón Fernández comenzó a tejer un discurso contestatario cuyos dardos se dirigían, primordialmente, a una Federación Mexicana de Fútbol tomada como resguardo y trampolín de funcionarios, comentaristas, cronistas, ejecutivos, equipos y narradores de la televisora de enfrente. Se trataba de crear, si no conciencia en la fanaticada, sí un público más crítico, capaz de cuestionar las estructuras de un poder visible en los mecanismos del fútbol mexicano. De ahí, por ejemplo, las pugnas por adquirir representatividad (acreditación) en las justas deportivas; las querellas por derechos de transmisión de equipos con peso histórico; el surgimiento de un antiamericanismo vigoroso, adiestrado en las tribunas universitarias y en el naciente furor puma, en fin, rasgos que daban cuenta de una postura incontrovertible: la crítica como mecanismo de feliz indisciplina ante la cúpula.
Con la compra del canal oficial y el posterior surgimiento de TV Azteca, se mantuvo sólo en parte la posición de los comentaristas de la televisora; surgieron nuevos prospectos como David Faitelson, Ciro Procura, Antonio Moreno o André Marín, mientras gente valiosa como Raúl Orvañanos emigraba a la casa de enfrente, o Carlos Albert sostenía un pleito cerrado con Mario Sabá (ejecutivo de la televisora del Ajusco y presidente en ese entonces del Veracruz) obligando su salida inmediata de la empresa, una salida con tintes de traición a la causa alberteana por parte de Joserra.
A partir de ahí, José Ramón Fernández comenzó a bajar el tono de su discurso, adquirió mesura y prudencia, se amaestró con las reglas de un empresa naciente que necesitaba, antes que nada, concertar con sus competidores aparentes una nueva forma de negociar el balón y las canchas de México. Esto no impidió, sin embargo, que el célebre Joserra ampliara su campo de influencia crítica hacia los comentaristas más jóvenes de la televisora (incluyendo al exfutblista Luis García, así como a su hijo, Jose Ramón Jr.), enriqueciendo y refrescando, sobre todo, las opiniones sobre el balompié nacional, los brazos invisibles que lo mueven y que incluye a todo tipo de personajes: empresarios de fortunas turbias, empresarios metidos a promotores, dueños de equipos o representación administrativa de futbolistas prometedores o populares, o futbolistas impugnados por constantes indisciplinas. Así se mantuvo José Ramón en su limbo, adquiriendo, con el paso de los años, una teatralidad sobrada, una capacidad de inflexión sabia y, por desgracia, un discurso caduco, un tono autocomplaciente y pueril, una visión resignada de nuestra realidad futbolística. Parecía que alguien, desde una oscuridad omnisciente, manejaba los hilos del otrora combativo José Ramón Fernandez.
Cuando hace unos meses se supo que el periodista salía de TV Azteca, al parecer por motivos de salud, no hice sino lamentar el haber perdido la posibilidad de haber escuchado una última queja del poblano, una última protesta razonada, un último rasgo de ese guerrero acentuado en muchas cosas: su manera de agacharse sobre la península, su estilo para tomar el micrófono, su manera de darle voz y voto a esos lugares comunes de la protesta colectiva en aras de un mejor fútbol nacional, en fin.
Al tiempo, José Ramón declaró en una entrevista lo que en muchas partes se sospechaba: su salida se debió a la voluntad de mantenerlo al margen de las futuras negociaciones de TV Azteca con Televisa (¿La conversión digital? ¿La ley de comunicación aprobada por el senado? ¿El ascenso de un acólito de Televisa a la Presidencia de la Femexfut, por la permanencia de Decio de Marías). No lo sé.
Me gusta pensar en un pleito oscuro de Joserra con sus superiores, en su búsqueda por maniatarlo, y en el rechazo de aquel por ese simbólico intercambio de camisetas entre unos y otros. Me gusta imaginar a ese José Ramón avejentado y sin embargo coherente, capaz de dar un último golpe de dignidad a una carrera impresionante en el periodismo deportivo de México.

sábado, 20 de octubre de 2007

Magnum futbol

Antes del mundo como mandamiento, regla, estatuto inaprensible y, sin embargo, arraigado en la tradición cultural de un país, de un pueblo indómito, de una tribu; antes del mundo como un puñado de paisajes agrestes, un puñado de rostros que se acercan, se dibujan, se aclaran y se reconocen con la medida del tiempo; antes del mundo como condición estética, como gusto que deviene en fiebre, veneración sacra, pasión religiosa (el cine de vaqueros, el rostro de Clint Eastwood tallado a mano por un minucioso ángel exterminador, la épica sentimental en technicolor, la sólida oscuridad de la sala del cine, la figura de los réprobos escalando hasta el segundo piso, con las luces altas, el verbo afilado, la mano grasienta y olorosa a vealcream o vaselina, las novelas de Faulkner, el Kalimán, el primer Serrat o todos los Elvis) antes del mundo como página abierta, de las calles como lenguaje, de los personajes urbanos como protagonistas de una secretísima saga de oprobios, heroísmos callados, intimidad trunca; antes del mundo como libro, como literalidad, como verbo entrañado, ahí estaba el fútbol. La primera pasión, primer recuerdo del músculo. La primera noción de la felicidad (¿será esta noción primordial la que haga de jugadores como Ronaldihno seres distintos?). La primera noción de juego (¿será esta idea básica la que impulsó la carrera de el Pelusa Maradona? Idea que privilegia la imaginería práctica, la improvisación, el conejo fosforescente de la chistera cuando vos esperás una mascada, un manojo de cáñamo, un animalito intimidado por los reflectores –Enrique Banch-). La primera noción de imagen (Pelé capturado en una chilena, Gordon Banks congelado en el aire, Garrincha en su posición de baile perpetuado junto a la línea de banda –el cuero cocido a los botines, la mirada buscando el pie rival, el arma enemiga). La primera noción de convivencia colectiva (la cascarita, la rifa de jugadores, la portería improvisada, el trazado de la meta con cal, la charla en el café o en la cantina acompañando eternas partidas de dominó, cerveza clara, música norteña).

Esta noción del fútbol como una forma primaria de relacionar al hombre con su entorno, el fútbol como cultura cívica, como rito de iniciación, es la que rige, sin duda, las páginas de Mágnum Fútbol (Ed. Phaidon, España, 2003), libro de fotografías que capturan, no a los futbolistas profesionales en plena disciplina (de hecho aparecen solo dos figuras conocidas –las más conocidas-, Maradona y Pelé, el primero festejando el triunfo de la albiceleste en el inolvidable México 86, el segundo animando desde las tribunas –luego de una lesión que permitió el milagroso ingreso de Amarildo- a la verde amarela en Chile 62) sino a personas que han encontrado en el balompié una forma de vincularse con su naturaleza esencial, son su cultura, con su paisaje. Se trata de un libro que transcurre en dos sentidos más que visibles. El primero el estético: la técnica fotográfica al servicio de esas particularidades que permean la conducta de los pueblos, se hace más que evidente en imágenes cuya contundencia es indescriptible. El segundo es social: se trata, también, de hacer un análisis de las implicaciones del fútbol en distintos entornos donde no es ajena la guerra, el rito religioso, la sacralización de los espacios.
Ensayo político social basado en imágenes de Mágnum (agencia fotográfica fundada en 1947 por Robert Capa, Henri Cartier Bresson, George Rodger y David Chim Seymour) a lo largo de 55 años, el libro nos vincula, sin duda, con diversos recuerdos donde domina el balompié. El fútbol como memoria colectiva, pero también como recuerdo fijo en la memoria personal. El fútbol, por eso, como la primera pasión, como primera noción de juego y de felicidad humana.

jueves, 18 de octubre de 2007

Elogio del lateral izquierdo

El campo de fútbol, como estructura conformada de símbolos, como área de los abanderamientos permisibles, como sistema de coordenadas donde la memoria colectiva localiza un suceso, una acción histórica, una anécdota que ha trascendido el tiempo por su carácter fantástico, no siempre está lleno: a veces, la memoria ingrata, o el pensamiento, más receptivo a los espectaculares regates que diseñan impronunciables arabescos de la media cancha hacia el frente, se olvida de ciertas zonas del campo; ora fija como postales inamovibles, ora intercambia como cartitas de héroes entre escolares a la hora del recreo, los territorios del lugar común, las imágenes que reiteradamente invaden la pantalla chica en cada gesta mundialista, o las zonas que indiscutiblemente fueron del dominio de un solo hombre. Así, por ejemplo, la expresión defensa central, como zona, como territorio, casi siempre alude instantáneamente a las figuras de Frank Beckenbauer o Franco Baresi, los personajes o los heroicos guardianes de una retaguardia que se pretende sea inconquistable. Ambos conscientes que todo mecanismo de destrucción conlleva un algo de progresiva construcción, hicieron del libero la fuente de todo juego ofensivo y de la defensa un arte de sorpresiva desconstrucción.
Ese espacio, decía líneas atrás, que la memoria colectiva no logra llenar en la configuración histórica del campo de juego, siempre se ubica en la zona baja del lado izquierdo. De ahí tal vez que en el fútbol actual sean muchos los especialistas que se quejen de una crisis de laterales por ese sector. Y eso aunque siempre salgan a relucir dos nombres por encima de todos, y esos dos nombres sean de jugadores actualmente en activo, dignos de leyendas tejidas en escuadras cuya historial tiene mucho de épica: Roberto Carlos y Paolo Maldini. Sin embargo, contrario a Roberto Carlos, cuyo Real Madrid ya había forjado su estatura a la luz del Generalísimo, por la vía del espionaje industrial de piernas, la corrupción militarizada, el proteccionismo, la manipulación de los medios y el monopolio apabullante, Paolo Maldini sí contribuyó a la grandeza del Milán atravesando el campo minado de dos décadas, y gozando un palmarés que a nivel clubes, me atrevo a decirlo, hoy en día no tiene competencia para un jugador actual. Hijo del no menos legendario defensa central Cesare Maldini (número 5, Capitán indiscutible del Milán en los años 60s) Paolo Maldini ha hecho de la defensa una suerte de catecismo para que la caballerosidad no pierda fuerza ni rigor en las situaciones apremiantes. Además, le dio carácter y redimensionó una posición de gamberros encargados de sacar el balón por la línea de banda, al primer acoso del rival, e hizo del robo de balón una suerte de disciplina digna de los carteristas más finos de malasaña.
Cuando Paolo Maldini era niño, lo declaro una vez, le iba a la Juve. En esos años, La Vecchia Signora del Calcio era base de la selección azurra, y era comprensible que el hijo del más feroz de los rossoneros tuviera una debilidad producto de la moda. Además, en una época ajena al mercadeo inmisericorde de piernas, lejana de la carnicería mediática y del star sistem que convierte a los jugadores de futbol en el abrigo de mink de las grandes corporaciones, admirar a un jugador de fútbol representaba admirar a un soldado que cada semana va en la búsqueda de un pedazo de gloria en el campo propio o el del rival. Es admirar, también, la dimensión plena de terrenalidad de personajes que con el paso de los años se convertirán en figuras intercambiables, íconos de la fugacidad, sacerdotes de un progreso caníbal y despiadado.
Antes de Paolo Maldini, el lateral izquierdo sólo era un tipo fijo que procuraba exterminar los embates de los extremos derechos: esos bufones caracoleros que en Garrincha encontraron una suerte de símbolo que sintetizara sus búsquedas. Antes de Paolo Maldini, el lateral izquierdo era una suerte de ciberjugador, cuya mayor virtud era adquirir estilo a la hora de mandar el balón fuera.
Carlos Bilardo inventó la línea de tres, hacia mediados de los años 80s, y dotó de potencial ofensivo las bandas, no con lo que comúnmente llamamos carrileros, sino con algo que el argentino llama aún Marcador Volante: Papel que cumplen hoy en día jugadores como Zanetti, Alves, Oddo o Sagnol. Sí, todos son derechos o al menos juegan por el lado diestro. Siendo también diestro, Maldini decidió ir hacia el otro lado y junto a Roberto Carlos crear una tutela insuperable en ese sector.
Ganador de Cinco Copas de Campeones de Europa, de siete Scudetos, de cinco supercopas italianas y de cuatro supercopas europeas, Paolo Maldini aún le da tiempo para la modestia y declaró recientemente el propósito de seguir disputando un torneo (La Champion League) que es como su segunda piel.
Cuenta Maldini que mucha de su disciplina se la debe a Arrigo Sacchi. Cuando empezaba a convertirse en una estrella juvenil en el Milán de los años 8Os, bajo la tutela de Sacchi, a Paolo le molestaba que su entrenador se refiriera a él como Señor, procurando anteponer esta expresión en cualquier indicación de las prácticas. ¿Señor Maldini, puede hacer la diagonal sin obstruir el paso de su compañero? El valor contrastado con la paciencia, hicieron que finalmente Maldini enfrentara a su entrenador y le pidiera que ya no se refiriera a él como señor, estando tan joven, a lo que Sacchi le dijo: Si no tiene la seriedad para enfrentar este juego, Señor, es mejor que se vaya. Maldini no solo se quedó, sino que se convirtió en una de las historias más extraordinarias del fútbol mundial.