La historia de la crónica deportiva en México ha tenido diversas facetas. Muchas de ellas vinculadas a cotos inasequibles del poder de la comunicación en nuestro país. A partir de los años setentas, y con el surgimiento de la televisión oficial que pretendía, al amparo de una crítica marginal, contrarrestar los alcances de Televisa, comenzaron a surgir otros intérpretes de la realidad deportiva en México. Fue en esa época cuando, escoltado por exfutbolistas como Carlos Albert y Raúl Orvañanos, así como por comunicadores netos como Alejandro Lara Licea o Alberto Fabris, José Ramón Fernández comenzó a tejer un discurso contestatario cuyos dardos se dirigían, primordialmente, a una Federación Mexicana de Fútbol tomada como resguardo y trampolín de funcionarios, comentaristas, cronistas, ejecutivos, equipos y narradores de la televisora de enfrente. Se trataba de crear, si no conciencia en la fanaticada, sí un público más crítico, capaz de cuestionar las estructuras de un poder visible en los mecanismos del fútbol mexicano. De ahí, por ejemplo, las pugnas por adquirir representatividad (acreditación) en las justas deportivas; las querellas por derechos de transmisión de equipos con peso histórico; el surgimiento de un antiamericanismo vigoroso, adiestrado en las tribunas universitarias y en el naciente furor puma, en fin, rasgos que daban cuenta de una postura incontrovertible: la crítica como mecanismo de feliz indisciplina ante la cúpula.
Con la compra del canal oficial y el posterior surgimiento de TV Azteca, se mantuvo sólo en parte la posición de los comentaristas de la televisora; surgieron nuevos prospectos como David Faitelson, Ciro Procura, Antonio Moreno o André Marín, mientras gente valiosa como Raúl Orvañanos emigraba a la casa de enfrente, o Carlos Albert sostenía un pleito cerrado con Mario Sabá (ejecutivo de la televisora del Ajusco y presidente en ese entonces del Veracruz) obligando su salida inmediata de la empresa, una salida con tintes de traición a la causa alberteana por parte de Joserra.
A partir de ahí, José Ramón Fernández comenzó a bajar el tono de su discurso, adquirió mesura y prudencia, se amaestró con las reglas de un empresa naciente que necesitaba, antes que nada, concertar con sus competidores aparentes una nueva forma de negociar el balón y las canchas de México. Esto no impidió, sin embargo, que el célebre Joserra ampliara su campo de influencia crítica hacia los comentaristas más jóvenes de la televisora (incluyendo al exfutblista Luis García, así como a su hijo, Jose Ramón Jr.), enriqueciendo y refrescando, sobre todo, las opiniones sobre el balompié nacional, los brazos invisibles que lo mueven y que incluye a todo tipo de personajes: empresarios de fortunas turbias, empresarios metidos a promotores, dueños de equipos o representación administrativa de futbolistas prometedores o populares, o futbolistas impugnados por constantes indisciplinas. Así se mantuvo José Ramón en su limbo, adquiriendo, con el paso de los años, una teatralidad sobrada, una capacidad de inflexión sabia y, por desgracia, un discurso caduco, un tono autocomplaciente y pueril, una visión resignada de nuestra realidad futbolística. Parecía que alguien, desde una oscuridad omnisciente, manejaba los hilos del otrora combativo José Ramón Fernandez.
Cuando hace unos meses se supo que el periodista salía de TV Azteca, al parecer por motivos de salud, no hice sino lamentar el haber perdido la posibilidad de haber escuchado una última queja del poblano, una última protesta razonada, un último rasgo de ese guerrero acentuado en muchas cosas: su manera de agacharse sobre la península, su estilo para tomar el micrófono, su manera de darle voz y voto a esos lugares comunes de la protesta colectiva en aras de un mejor fútbol nacional, en fin.
Al tiempo, José Ramón declaró en una entrevista lo que en muchas partes se sospechaba: su salida se debió a la voluntad de mantenerlo al margen de las futuras negociaciones de TV Azteca con Televisa (¿La conversión digital? ¿La ley de comunicación aprobada por el senado? ¿El ascenso de un acólito de Televisa a la Presidencia de la Femexfut, por la permanencia de Decio de Marías). No lo sé.
Me gusta pensar en un pleito oscuro de Joserra con sus superiores, en su búsqueda por maniatarlo, y en el rechazo de aquel por ese simbólico intercambio de camisetas entre unos y otros. Me gusta imaginar a ese José Ramón avejentado y sin embargo coherente, capaz de dar un último golpe de dignidad a una carrera impresionante en el periodismo deportivo de México.
Con la compra del canal oficial y el posterior surgimiento de TV Azteca, se mantuvo sólo en parte la posición de los comentaristas de la televisora; surgieron nuevos prospectos como David Faitelson, Ciro Procura, Antonio Moreno o André Marín, mientras gente valiosa como Raúl Orvañanos emigraba a la casa de enfrente, o Carlos Albert sostenía un pleito cerrado con Mario Sabá (ejecutivo de la televisora del Ajusco y presidente en ese entonces del Veracruz) obligando su salida inmediata de la empresa, una salida con tintes de traición a la causa alberteana por parte de Joserra.
A partir de ahí, José Ramón Fernández comenzó a bajar el tono de su discurso, adquirió mesura y prudencia, se amaestró con las reglas de un empresa naciente que necesitaba, antes que nada, concertar con sus competidores aparentes una nueva forma de negociar el balón y las canchas de México. Esto no impidió, sin embargo, que el célebre Joserra ampliara su campo de influencia crítica hacia los comentaristas más jóvenes de la televisora (incluyendo al exfutblista Luis García, así como a su hijo, Jose Ramón Jr.), enriqueciendo y refrescando, sobre todo, las opiniones sobre el balompié nacional, los brazos invisibles que lo mueven y que incluye a todo tipo de personajes: empresarios de fortunas turbias, empresarios metidos a promotores, dueños de equipos o representación administrativa de futbolistas prometedores o populares, o futbolistas impugnados por constantes indisciplinas. Así se mantuvo José Ramón en su limbo, adquiriendo, con el paso de los años, una teatralidad sobrada, una capacidad de inflexión sabia y, por desgracia, un discurso caduco, un tono autocomplaciente y pueril, una visión resignada de nuestra realidad futbolística. Parecía que alguien, desde una oscuridad omnisciente, manejaba los hilos del otrora combativo José Ramón Fernandez.
Cuando hace unos meses se supo que el periodista salía de TV Azteca, al parecer por motivos de salud, no hice sino lamentar el haber perdido la posibilidad de haber escuchado una última queja del poblano, una última protesta razonada, un último rasgo de ese guerrero acentuado en muchas cosas: su manera de agacharse sobre la península, su estilo para tomar el micrófono, su manera de darle voz y voto a esos lugares comunes de la protesta colectiva en aras de un mejor fútbol nacional, en fin.
Al tiempo, José Ramón declaró en una entrevista lo que en muchas partes se sospechaba: su salida se debió a la voluntad de mantenerlo al margen de las futuras negociaciones de TV Azteca con Televisa (¿La conversión digital? ¿La ley de comunicación aprobada por el senado? ¿El ascenso de un acólito de Televisa a la Presidencia de la Femexfut, por la permanencia de Decio de Marías). No lo sé.
Me gusta pensar en un pleito oscuro de Joserra con sus superiores, en su búsqueda por maniatarlo, y en el rechazo de aquel por ese simbólico intercambio de camisetas entre unos y otros. Me gusta imaginar a ese José Ramón avejentado y sin embargo coherente, capaz de dar un último golpe de dignidad a una carrera impresionante en el periodismo deportivo de México.
