miércoles, 21 de noviembre de 2007

BORGES Y NOLO

La anécdota la refiere LuisAntonio Gali en el libro Mi futbol(Ed. Proa,1967, Argentina); sin embargo, no sería aventurado apuntar su origen hacia la memoria que, minuciosamente, han ido articulando los antiguos visitantes de la Bombonera, coso donde el Boca Juniors ha escrito historias de villanía a la par que de heroísmo.
Gali apuesta por una jerga plagada de argentinismos para aludir a uno de los acontecimientos más singulares en la trama que han ido tejiendo, a lo largo de los años, el futbol y la literatura argentina. Se trata del encuentro que sostuvieron el domingo 25 de marzo de 1931, en el viejo estadio, escenario nada monumental que cobijaría la leyenda boquense hasta 1938 (año en que se inicia la construcción del Camilo Cichero, en Brandsen 805 y Capital Federal, para ser inaugurado un 25 de mayo de 1940 con el triunfo dos a cero de Boca Juniors sobre San Lorenzo), el narrador Jorge Luis Borges y Nolo Ferreira, volante ofensivo de Estudiantes de la Plata.
Es en esta época cuando Borges conoce al que será uno de sus mejores amigos y discípulos, Adolfo Bioy Casares, protagonista secundario de la anécdota a la que alude e! texto de Gali. El 25 de marzo de 1931, Adolfo Bioy Casares invita a Jorge Luis Borges al pequeño estadio donde el Boca Juniors comienza a gestar su leyenda en el que será el primer torneo de futbol profesional en Argentina. Se trata de un acto singular, presuponiendo la poca disposición de Borges para los deportes, principalmente a éste que significa mucho instinto y poco razonamiento entre los contrincantes; una buena dosis de habilidad aunada a la capacidad estratégica del entrenador. Aunque al hablar de 1931 aludamos a una época en la que la estrategia contaba menos que la vitalidad desplegada en el campo, el entrenador o director técnico de entonces, tenía la tarea nada fácil de ubicar a los jugadores en los puestos que les correspondían, dependiendo de las facultades mostradas en los entrenamientos. Gali cuenta que Borges y Bioy Casares se desprendieron de sus "morlacos" para "adentrarse en una mar de gente congratulada con el fútbol y sus ídolos". La selección Argentina había caído en el Centenario de Uruguay, durante una final que había tenido mucho de manipulación y de zozobra; sin embargo, los argentinos se habían ganado una fama de "prestidigitadores, de fantasmales gambeteros que, inspirados, se perdían entre los rivales para aparecer en la puerta contraria y convertir el gol". Uno de estos mágicos gambeteros era Nolo Ferreira. Manuel Ferreira quien era bastión insuperable de Estudiantes de la Plata. En 1929, vistiendo la casaca de la selección argentina, se había coronado en la copa América. En 1930, junto a Monti y Stábile, había formado parte del equipo ideal del mundial uruguayo y para 1931 ya el mundo lo conocía como el Piloto Olímpico (mote ganado en las olimpiadas de 1928, en Amsterdam) por su capacidad para dirigir los partidos como si fueran verdaderas lecciones de vuelo sobre el pasto. Era un volante de enlace que cumplía más las funciones de un delantero que "convierte la portería contraria en su amante" (Gacinto Espriú, Vida de Nolo, Ed. Buenavista, 1967). Para los hinchas de Estudiantes, por eso, la posibilidad del traspaso de Nolo a River había querido decir que la directiva los dejaba de lado, los traicionaba mandando al diablo sus intenciones de ganar el campeonato inaugural de la liga argentina.
Ese día jugaban Boca y Estudiantes el primer lugar. Borges y Bioy se acomodaron en medio de una hinchada que furibunda coreaba cada embestida de Boca al marco de Estudiantes. No es difícil suponer la extrañeza de Borges, que no de Bioy (quien asistía con cierta frecuencia a la cancha), ante esas manifestaciones de júbilo que tenían "mucho de rudimentario y salvaje para los ojos de un pampero educado prácticamente en Suiza". A pesar de ello, Borges nunca dejó de expresar cierta admiración por los malabares de ese volante espigado que escondía la pelota entre sus piernas para volverla a aparecer sobre la testa de un rival o sobre los botines del compañero. ¿Cómo se llama ese jugador? Cuenta la leyenda que preguntó Borges a Bioy con una sonrisa que mostraba una satisfacción seria, nada elocuente; Manuel Ferreira, alias el Nolo, dicen que respondió Casares entre sorbo y sorbo a una cerveza Tucumana oscura y espumosa. lnvitame una Córdoba, Adolfito, please, dicen que dijo Borges con ganas de romper el hielo de su solemnidad y mandar al diablo la filosofía de Hume, convertida en práctica sustancial de su rutina. A partir de ahí, Borges abandonó su postura flemática para adoptar el espíritu de un gamberro que orienta sus gritos hacia el número nueve de Estudiantes, incitado, además, por el espíritu irreverente y febril de Adolfo Bioy Casares, quien a sus escasos diecisiete años ya sonreía con la arrogancia de un hombre cabalmente mayor. Señala Gali en el capítulo referido: "Todo hubiera quedado ahí, de no ser por una sola acción que le valía a Boca no sólo el primer sitio, sino la posibilidad de obtener el campeonato. Varallo cedió el balón a Cherro en los linderos de su propia área, para que éste la cediera al Nolo sin dilaciones. Sin embargo Nolo, acostumbrado a pensar primero y ejecutar después, echó a correr pensando que tenía los gajos entre los botines; era la primera y única granujada, la primera y última farrada que iba a cometer Manuel Ferreira en una larga y exitosa carrera como futbolista. Así pues, el balón se quedó ahí, a merced del jorobadito Orsi quien sólo tuvo que sacar al cancerbero para anidarla en el entramado. Yo estaba sentado junto a la reja y tenía el alma en un puño ante la tunantería de mi ídolo, cuando escuché a un hombre que le gritaba cosas a Nolo detrás de mí: eran cosas rarísimas, nunca escuchadas en un campo de juego. Como en ese tiempo laboraba para El Clarín, llevaba una libretita en la mano y ahí pude anotar algunas de esas extrañas parrafadas: Sé que una cosa no hay, Nolo, es el olvido! Has cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, Nolo! Por las calles que ahondan el poniente, qué has hecho, Nolo! Después de eso, todo mundo sabe, Stábile cerró con un golazo lo que el error de Nolo había dado inicio. Nolo Ferreira terminó el partido y se fue a esperar al rijoso a la salida del estadio, sólo para reconocer en la persona del hablador al autor de uno de sus libros favoritos, Fervor de BuenosAires. Para un Borges arropado por las sábanas del alcohol, era inadmisible que un futbolista supiera lo más mínimo de poesía y por eso, delante de todos, desafió al joven Ferreira a reconocer una zarabanda de citas dictadas al desgaire por una soberbia que buscaba el reconocimiento de la hinchada. Lo increíble fue que Nolo respondió bien a todas las preguntas de Borges, quien cayó en un arrebato de cólera cuando el gambetero le solicitó al autor de un soneto complejísimo que cuestionaba la existencia de Dios. Ante el silencio de Borges, quien parecía adormecido entre los nubarrones de una borrachera plenamente instalada en su cuerpo frágil, Nolo Ferreira le respondió: El poemita es mío, maestro, aunque prefiero hacer goles. Dicen que después de eso Borges invitó a Nolo a su casa, le obsequió un par de libros en ese único encuentro que clausuró de plano una amistad que hubiera sido productiva para la literatura y el deporte argentino de todos los tiempos.
Todos, o casi todos saben lo que sucedió con la vida y la obra de Jorge Luis Borges. De Manuel Ferreira, Leandro Ramírez Barrios escribió una notita a raíz de su muerte, un 29 de julio de 1983, cuando tenía 77 años y muchos recuerdos:
"El Nolo Ferreira fue uno de los integrantes de la famosa albirroja (Lauri, Scopelli, Sosaya, Ferreira y Guaita) que deslumbró en los albores del profesionalismo y que fue bautizada con el mote de los 'profesores'.
"En 1933 pasó a River Plate, pero imprevistamente no rindió tanto, tal vez porque extrañaba a sus compañeros de ataque. Por eso tras dos temporadas volvió a Estudiantes, donde todavía seguían firmes Lauri y Sosaya, pero una lesión lo obligó a abandonar el fútbol en 1936.
"Recibido de escribano, Manuel Ferreira ejerció esa profesión hasta jubilarse. Pero también fue dirigente, técnico y hasta supo dedicar su tiempo al periodismo y la poesía. El viernes 29 de julio de 1983, mientras visitaba a sus hijos en Barcelona, lo sorprendió la muerte. Tenía 77 años. Descanse en paz nuestro Piloto Olímpico".

lunes, 5 de noviembre de 2007

GARRINCHA, UN SONETO FAMOSO

No, no lo vi jugar. Su apodo es el nombre de un pájaro feo que orienta su silbo y sus aletazos en las regiones más profundas de Gerais. Estaba chueco, y sin embargo, su danza con la pelota se hizo inconfundible: una galería de fintas, de quiebres, de regates a la velocidad del viento agotó la capacidad de asombro de los brasileños, un pueblo que, en el futbol, lo maravilloso forma parte de una domesticidad reconocible. Lo fantástico como rasgo de lo cotidiano, lo bonito como una vocación. Esos postulados fueron los que rigieron el juego de Garrinncha. Vinicius de Moraes le dedicó un soneto que transcribo aquí, con una traducción del periodista Ricardo Bada, en lo que me llega la de mi lusitanófilo de cabecera Mijail Lamas.
A un pase de Didí, Garrincha avanza
con el cuero a los pies, el ojo atento,
dribla una vez, y dos, luego descansa
cual si midiera el riesgo del momento.
Tiene el presentimiento, y va y se lanza
más rápido que el propio pensamiento,
dribla dos veces más, la bola danza
feliz entre sus pies, ¡los pies del viento!
En éxtasis, la multitud contrita,
en un acto de muerte se alza y grita
en unísono canto de esperanza.
Garrincha, el ángel, oye y asiente:
¡goooool!Es pura imagen: la G chuta la O
dentro del arco, la L. ¡Es pura danza!".

viernes, 2 de noviembre de 2007

LOS ONCE DE LA TRIBU

Cuando Fernández de Lizardi funda, hacia el siglo XIX, el gran torneo de las letras mexicanas, al mismo tiempo diseña una galería donde se resguardan nuestros desmanes históricos, nuestra invocación de esas deidades que le dieron nombre a la cultura patria, los diversos romances que la educaron sentimentalmente para soportar todo tipo de despojos, los héroes que trazaron a punta de cañón las dimensiones de un pueblo que se cree invencible (precisamente por su idea del pueblo como un coto insobornable, un fortín que resguarda la soberanía de nuestras tradiciones más arraigadas) en todo, particularmente en el futbol.
Pero ¿quiénes son los que han ido configurando, a lo largo del tiempo, la leyenda de este torneo que ha admitido a todo tipo de estilistas? ¿Quiénes le han dado al gran campeonato de la narrativa mexicana el nivel que actualmente tiene, capaz de medirse con las escuadras que le dan lustre a las distintas competencias en Europa y el mundo? Lo que sigue, es una alineación de lo que pudiera ser un once ideal en la historia de este torneo. Se trata de una visión muy particular de ese salón de la fama imaginario que vamos organizando paulatinamente en la biblioteca y en el campo de juego.

Portero
Juan Rulfo. El l1amado Pichón de San Gabriel inició su carrera futbolística en los llanos de su natal Jalisco; poco a poco fue ganando fama de imbatible hasta que su retiro inminente de las canchas lo convirtió en una leyenda. Jugó muy pocos años vistiendo la camiseta de los Mezcaleros de Arandas, rivales acérrimos de los Chapulines de Teocaltiche. Se dice que fue el primero en pugnar por el cambio de los postes planos a los postes cilíndricos, propuesta un tanto extraña pues la hizo en una reunión indigenista ante los comisionados de la UNESCO.

Defensas
Carlos Fuentes. Aunque nunca aceptó el mote de New Jersey's Doll, Carlos Fuentes siempre hizo gala de una elegancia indestructible para defender la meta de los muchos equipos en los que ha jugado a lo largo de su carrera. Sólo una lesión, propinada por el Confesor Krauze, recio judío que ha hecho historia gracias a sus disparos potentes de media distancia, pudo diezmar (y esto por un tiempo muy breve) la condición de este libero extraordinario cuyos máximos logros, por cierto, habría que hallarlos en el extranjero.
Fernando del Paso. El Guardián de Cocoyucan ha sido, hasta hoy, uno de los más grandes laterales derechos de todos los tiempos; se ha dado lujos como la agencia libre y los prolongados descansos sin que la inactividad afecte su fino toque y velocidad endemoniada para salir al frente. También le llaman el Loco, pues son conocidos los largos monólogos en los que se abisma mientras el juego transcurre en el marco rival.
Agustín Yáñez. Este extraordinario stoper basó su talento, principalmente, en una reciedumbre que luego lo llevaría a alcanzar peldaños en los terrenos de la política. Son famosas sus entradas arteras que, sin embargo, los árbitros dejaban pasar en aras de un juego violento que enriquecía los campos donde Yáñez fue emperador y amo de su época.
Juan José Arreola. El Piloto de San Miguel ha sido, sin duda, un medio de contención famoso gracias a su toque privilegiado. Lo hicieron famoso las largas y fatigosas discusiones sobre la lengua castellana, que tenía con su compañero Antonio el Faisán Alatorre, antes de cada partido. Luego de colgar los zapatos (en un sentido literal la expresión), el Piloto pasó por diversos oficios y rememora, a la primera oportunidad, su estancia europea, sus años plácidos y felices como miembro de la poderosa escuadra Los Panaderos de Sayula, allá por los años cincuenta, y su amistad con el gran cancerbero Juan Rulfo.

Medios
Daniel Sada. El Tanque de Mexicali actualmente es uno de los más prodigiosos gambeteros con que cuenta la liga. A la gran variedad de jugadas, habidas y por haber, en el repertorio de magia lingüística, Sada ha ido agregando de su cosecha poderosos giros que nos remiten, vaya, a diversas etapas de este deporte. Es común que Sada se burle a sí mismo mientras los contrincantes esperan que salga, de esa chistera que tiene por talento, un conejo que vaya a acunarse en la portería enemiga. Cuenta la leyenda que el Tanque engaña a los rivales con abigarrados trabalenguas que nadie acierta a resolver y que provocan un desconcierto musical en todas las zagas.
César López Cuadras. Sinaloense adoptado por Jalisco, dueño de un estilo que resume a buena parte de los jugadores cuatreros de la sierra que lo vio nacer, el padre de Bernardino Casablanca es uno de las más prometedoras incorporaciones a la liga mexicana, donde ha sabido responder con un toque punzante y un sentido del humor agudo a la par que norteño a la hora buena. Ha hecho innumerables convocatorias para recuperar a los extintos Leones Negros de la U de G al panorama de los torneos en México. Se habla de su amistad (sospechosa, por cierto) con el legendario Truman Capote (quien realmente no murió, sino que se conserva en un tonel de whisky en alguna sombría cava de Nueva Orleans).
Federico Campbell. Bautizado por Ángel Fernández como el Italiano, Federico Campbell es considerado uno de los maestros del futbol a ras de campo, ese de toque frontal que busca el botín del compañero en las trincheras contrarias. Se le llama también el Periodista Campbell por su pase corto, casi telegráfico, y por su increíble capacidad para leer los partidos más rápido que nadie. Desde los equipos donde ha jugado, Campbell ha sido un fiero combatiente del poder de las instituciones que dominan a éste y a todos los deportes del mundo. Cuando no juega escribe libros y uno de ellos, La invención del poder, dice la crítica autorizada, lleva un sinfín de mensajes en clave impugnando la impresionante dictadura de Joao Havelange al mando de la FIFA.

Delanteros
Élmer Mendoza. El querido Patotas debutó ya veterano, pero no menos brillantemente en el deporte de las patadas. Su posición de extremo volador, es identificada sólo por el desgarbo con el que navega la banda izquierda y entra en el área rival. Lo que sea de cada quien, es rapidísimo y casi inalcanzable, a pesar de su estatura y sus años. En su equipo también le llaman el Galletas, pues religiosamente, antes de cada juego, se le aprecia comiendo unas pancremas acompañadas por una coca cola fría. Desde bastante tiempo, Élmer da clases de futbol mental sobresaliendo, entre sus discípulos, el espigado novato Sergio Mantecado Ramos. Se dice del Patotas que Maradona ha sido grande gracias a sus consejos, pero él, hasta ahora, prefiere trasladar estos comentarios a la bella nómina de su leyenda viviente.
Juan José Rodríguez. El Relámpago de la Sánchez Celis es, vaya, una mezcla de Faustino Asprilla con Luis Hernández, sólo que en una versión mucho más merengue y habanera. Su estilo es desconcertante por limpio y gusta de hacer todo tipo de trucos con el balón. En 1999 se le consideró el novato del año, sitio que precisamente disputó con su paisano Élmer Mendoza ganándole a éste por una nariz. A Juan José, en sus ratos de ocio, que no son muchos, se le suele ver tocando las tumbadoras en el famoso antro El Alba Atroz, regenteado desde hace un par de años por el retirado defensa central Héctor Apocalipsis Mendieta.
Cristopher Domínguez Michael. El también llamado Dandy es, en nuestros días, una de las principales influencias en los campos de este deporte. No es duro en sus entradas pero minuciosamente ha ido diezmando a los defensores que se le enfrentan, retirando a más de uno a los terrenos de la abnegaci6n y el infortunio deportivo. Aunque le va al Cruz Azul, el Willy Pescador (así se le conoce en la liga) siempre ha militado para el San Ángel, llevando a su equipo a los primeros lugares de la competencia.

viernes, 26 de octubre de 2007

Joserra

La historia de la crónica deportiva en México ha tenido diversas facetas. Muchas de ellas vinculadas a cotos inasequibles del poder de la comunicación en nuestro país. A partir de los años setentas, y con el surgimiento de la televisión oficial que pretendía, al amparo de una crítica marginal, contrarrestar los alcances de Televisa, comenzaron a surgir otros intérpretes de la realidad deportiva en México. Fue en esa época cuando, escoltado por exfutbolistas como Carlos Albert y Raúl Orvañanos, así como por comunicadores netos como Alejandro Lara Licea o Alberto Fabris, José Ramón Fernández comenzó a tejer un discurso contestatario cuyos dardos se dirigían, primordialmente, a una Federación Mexicana de Fútbol tomada como resguardo y trampolín de funcionarios, comentaristas, cronistas, ejecutivos, equipos y narradores de la televisora de enfrente. Se trataba de crear, si no conciencia en la fanaticada, sí un público más crítico, capaz de cuestionar las estructuras de un poder visible en los mecanismos del fútbol mexicano. De ahí, por ejemplo, las pugnas por adquirir representatividad (acreditación) en las justas deportivas; las querellas por derechos de transmisión de equipos con peso histórico; el surgimiento de un antiamericanismo vigoroso, adiestrado en las tribunas universitarias y en el naciente furor puma, en fin, rasgos que daban cuenta de una postura incontrovertible: la crítica como mecanismo de feliz indisciplina ante la cúpula.
Con la compra del canal oficial y el posterior surgimiento de TV Azteca, se mantuvo sólo en parte la posición de los comentaristas de la televisora; surgieron nuevos prospectos como David Faitelson, Ciro Procura, Antonio Moreno o André Marín, mientras gente valiosa como Raúl Orvañanos emigraba a la casa de enfrente, o Carlos Albert sostenía un pleito cerrado con Mario Sabá (ejecutivo de la televisora del Ajusco y presidente en ese entonces del Veracruz) obligando su salida inmediata de la empresa, una salida con tintes de traición a la causa alberteana por parte de Joserra.
A partir de ahí, José Ramón Fernández comenzó a bajar el tono de su discurso, adquirió mesura y prudencia, se amaestró con las reglas de un empresa naciente que necesitaba, antes que nada, concertar con sus competidores aparentes una nueva forma de negociar el balón y las canchas de México. Esto no impidió, sin embargo, que el célebre Joserra ampliara su campo de influencia crítica hacia los comentaristas más jóvenes de la televisora (incluyendo al exfutblista Luis García, así como a su hijo, Jose Ramón Jr.), enriqueciendo y refrescando, sobre todo, las opiniones sobre el balompié nacional, los brazos invisibles que lo mueven y que incluye a todo tipo de personajes: empresarios de fortunas turbias, empresarios metidos a promotores, dueños de equipos o representación administrativa de futbolistas prometedores o populares, o futbolistas impugnados por constantes indisciplinas. Así se mantuvo José Ramón en su limbo, adquiriendo, con el paso de los años, una teatralidad sobrada, una capacidad de inflexión sabia y, por desgracia, un discurso caduco, un tono autocomplaciente y pueril, una visión resignada de nuestra realidad futbolística. Parecía que alguien, desde una oscuridad omnisciente, manejaba los hilos del otrora combativo José Ramón Fernandez.
Cuando hace unos meses se supo que el periodista salía de TV Azteca, al parecer por motivos de salud, no hice sino lamentar el haber perdido la posibilidad de haber escuchado una última queja del poblano, una última protesta razonada, un último rasgo de ese guerrero acentuado en muchas cosas: su manera de agacharse sobre la península, su estilo para tomar el micrófono, su manera de darle voz y voto a esos lugares comunes de la protesta colectiva en aras de un mejor fútbol nacional, en fin.
Al tiempo, José Ramón declaró en una entrevista lo que en muchas partes se sospechaba: su salida se debió a la voluntad de mantenerlo al margen de las futuras negociaciones de TV Azteca con Televisa (¿La conversión digital? ¿La ley de comunicación aprobada por el senado? ¿El ascenso de un acólito de Televisa a la Presidencia de la Femexfut, por la permanencia de Decio de Marías). No lo sé.
Me gusta pensar en un pleito oscuro de Joserra con sus superiores, en su búsqueda por maniatarlo, y en el rechazo de aquel por ese simbólico intercambio de camisetas entre unos y otros. Me gusta imaginar a ese José Ramón avejentado y sin embargo coherente, capaz de dar un último golpe de dignidad a una carrera impresionante en el periodismo deportivo de México.

sábado, 20 de octubre de 2007

Magnum futbol

Antes del mundo como mandamiento, regla, estatuto inaprensible y, sin embargo, arraigado en la tradición cultural de un país, de un pueblo indómito, de una tribu; antes del mundo como un puñado de paisajes agrestes, un puñado de rostros que se acercan, se dibujan, se aclaran y se reconocen con la medida del tiempo; antes del mundo como condición estética, como gusto que deviene en fiebre, veneración sacra, pasión religiosa (el cine de vaqueros, el rostro de Clint Eastwood tallado a mano por un minucioso ángel exterminador, la épica sentimental en technicolor, la sólida oscuridad de la sala del cine, la figura de los réprobos escalando hasta el segundo piso, con las luces altas, el verbo afilado, la mano grasienta y olorosa a vealcream o vaselina, las novelas de Faulkner, el Kalimán, el primer Serrat o todos los Elvis) antes del mundo como página abierta, de las calles como lenguaje, de los personajes urbanos como protagonistas de una secretísima saga de oprobios, heroísmos callados, intimidad trunca; antes del mundo como libro, como literalidad, como verbo entrañado, ahí estaba el fútbol. La primera pasión, primer recuerdo del músculo. La primera noción de la felicidad (¿será esta noción primordial la que haga de jugadores como Ronaldihno seres distintos?). La primera noción de juego (¿será esta idea básica la que impulsó la carrera de el Pelusa Maradona? Idea que privilegia la imaginería práctica, la improvisación, el conejo fosforescente de la chistera cuando vos esperás una mascada, un manojo de cáñamo, un animalito intimidado por los reflectores –Enrique Banch-). La primera noción de imagen (Pelé capturado en una chilena, Gordon Banks congelado en el aire, Garrincha en su posición de baile perpetuado junto a la línea de banda –el cuero cocido a los botines, la mirada buscando el pie rival, el arma enemiga). La primera noción de convivencia colectiva (la cascarita, la rifa de jugadores, la portería improvisada, el trazado de la meta con cal, la charla en el café o en la cantina acompañando eternas partidas de dominó, cerveza clara, música norteña).

Esta noción del fútbol como una forma primaria de relacionar al hombre con su entorno, el fútbol como cultura cívica, como rito de iniciación, es la que rige, sin duda, las páginas de Mágnum Fútbol (Ed. Phaidon, España, 2003), libro de fotografías que capturan, no a los futbolistas profesionales en plena disciplina (de hecho aparecen solo dos figuras conocidas –las más conocidas-, Maradona y Pelé, el primero festejando el triunfo de la albiceleste en el inolvidable México 86, el segundo animando desde las tribunas –luego de una lesión que permitió el milagroso ingreso de Amarildo- a la verde amarela en Chile 62) sino a personas que han encontrado en el balompié una forma de vincularse con su naturaleza esencial, son su cultura, con su paisaje. Se trata de un libro que transcurre en dos sentidos más que visibles. El primero el estético: la técnica fotográfica al servicio de esas particularidades que permean la conducta de los pueblos, se hace más que evidente en imágenes cuya contundencia es indescriptible. El segundo es social: se trata, también, de hacer un análisis de las implicaciones del fútbol en distintos entornos donde no es ajena la guerra, el rito religioso, la sacralización de los espacios.
Ensayo político social basado en imágenes de Mágnum (agencia fotográfica fundada en 1947 por Robert Capa, Henri Cartier Bresson, George Rodger y David Chim Seymour) a lo largo de 55 años, el libro nos vincula, sin duda, con diversos recuerdos donde domina el balompié. El fútbol como memoria colectiva, pero también como recuerdo fijo en la memoria personal. El fútbol, por eso, como la primera pasión, como primera noción de juego y de felicidad humana.

jueves, 18 de octubre de 2007

Elogio del lateral izquierdo

El campo de fútbol, como estructura conformada de símbolos, como área de los abanderamientos permisibles, como sistema de coordenadas donde la memoria colectiva localiza un suceso, una acción histórica, una anécdota que ha trascendido el tiempo por su carácter fantástico, no siempre está lleno: a veces, la memoria ingrata, o el pensamiento, más receptivo a los espectaculares regates que diseñan impronunciables arabescos de la media cancha hacia el frente, se olvida de ciertas zonas del campo; ora fija como postales inamovibles, ora intercambia como cartitas de héroes entre escolares a la hora del recreo, los territorios del lugar común, las imágenes que reiteradamente invaden la pantalla chica en cada gesta mundialista, o las zonas que indiscutiblemente fueron del dominio de un solo hombre. Así, por ejemplo, la expresión defensa central, como zona, como territorio, casi siempre alude instantáneamente a las figuras de Frank Beckenbauer o Franco Baresi, los personajes o los heroicos guardianes de una retaguardia que se pretende sea inconquistable. Ambos conscientes que todo mecanismo de destrucción conlleva un algo de progresiva construcción, hicieron del libero la fuente de todo juego ofensivo y de la defensa un arte de sorpresiva desconstrucción.
Ese espacio, decía líneas atrás, que la memoria colectiva no logra llenar en la configuración histórica del campo de juego, siempre se ubica en la zona baja del lado izquierdo. De ahí tal vez que en el fútbol actual sean muchos los especialistas que se quejen de una crisis de laterales por ese sector. Y eso aunque siempre salgan a relucir dos nombres por encima de todos, y esos dos nombres sean de jugadores actualmente en activo, dignos de leyendas tejidas en escuadras cuya historial tiene mucho de épica: Roberto Carlos y Paolo Maldini. Sin embargo, contrario a Roberto Carlos, cuyo Real Madrid ya había forjado su estatura a la luz del Generalísimo, por la vía del espionaje industrial de piernas, la corrupción militarizada, el proteccionismo, la manipulación de los medios y el monopolio apabullante, Paolo Maldini sí contribuyó a la grandeza del Milán atravesando el campo minado de dos décadas, y gozando un palmarés que a nivel clubes, me atrevo a decirlo, hoy en día no tiene competencia para un jugador actual. Hijo del no menos legendario defensa central Cesare Maldini (número 5, Capitán indiscutible del Milán en los años 60s) Paolo Maldini ha hecho de la defensa una suerte de catecismo para que la caballerosidad no pierda fuerza ni rigor en las situaciones apremiantes. Además, le dio carácter y redimensionó una posición de gamberros encargados de sacar el balón por la línea de banda, al primer acoso del rival, e hizo del robo de balón una suerte de disciplina digna de los carteristas más finos de malasaña.
Cuando Paolo Maldini era niño, lo declaro una vez, le iba a la Juve. En esos años, La Vecchia Signora del Calcio era base de la selección azurra, y era comprensible que el hijo del más feroz de los rossoneros tuviera una debilidad producto de la moda. Además, en una época ajena al mercadeo inmisericorde de piernas, lejana de la carnicería mediática y del star sistem que convierte a los jugadores de futbol en el abrigo de mink de las grandes corporaciones, admirar a un jugador de fútbol representaba admirar a un soldado que cada semana va en la búsqueda de un pedazo de gloria en el campo propio o el del rival. Es admirar, también, la dimensión plena de terrenalidad de personajes que con el paso de los años se convertirán en figuras intercambiables, íconos de la fugacidad, sacerdotes de un progreso caníbal y despiadado.
Antes de Paolo Maldini, el lateral izquierdo sólo era un tipo fijo que procuraba exterminar los embates de los extremos derechos: esos bufones caracoleros que en Garrincha encontraron una suerte de símbolo que sintetizara sus búsquedas. Antes de Paolo Maldini, el lateral izquierdo era una suerte de ciberjugador, cuya mayor virtud era adquirir estilo a la hora de mandar el balón fuera.
Carlos Bilardo inventó la línea de tres, hacia mediados de los años 80s, y dotó de potencial ofensivo las bandas, no con lo que comúnmente llamamos carrileros, sino con algo que el argentino llama aún Marcador Volante: Papel que cumplen hoy en día jugadores como Zanetti, Alves, Oddo o Sagnol. Sí, todos son derechos o al menos juegan por el lado diestro. Siendo también diestro, Maldini decidió ir hacia el otro lado y junto a Roberto Carlos crear una tutela insuperable en ese sector.
Ganador de Cinco Copas de Campeones de Europa, de siete Scudetos, de cinco supercopas italianas y de cuatro supercopas europeas, Paolo Maldini aún le da tiempo para la modestia y declaró recientemente el propósito de seguir disputando un torneo (La Champion League) que es como su segunda piel.
Cuenta Maldini que mucha de su disciplina se la debe a Arrigo Sacchi. Cuando empezaba a convertirse en una estrella juvenil en el Milán de los años 8Os, bajo la tutela de Sacchi, a Paolo le molestaba que su entrenador se refiriera a él como Señor, procurando anteponer esta expresión en cualquier indicación de las prácticas. ¿Señor Maldini, puede hacer la diagonal sin obstruir el paso de su compañero? El valor contrastado con la paciencia, hicieron que finalmente Maldini enfrentara a su entrenador y le pidiera que ya no se refiriera a él como señor, estando tan joven, a lo que Sacchi le dijo: Si no tiene la seriedad para enfrentar este juego, Señor, es mejor que se vaya. Maldini no solo se quedó, sino que se convirtió en una de las historias más extraordinarias del fútbol mundial.